"Encuentro la televisión muy educativa. Cada vez que alguien la enciende, me retiro a otra habitación y leo un libro". La frase del genial Groucho Marx (1890-1977) viene como anillo al dedo para explicar lo que ocurre con la televisión argentina. Sin entrar a calificar los hechos, hay una realidad que duele: la televisión vive en un vértigo constante, y no sólo por la atroz competencia entre Canal 13 y Telefe por unos puntos más de rating. También porque se ha llegado a un nivel tal de procacidad y de mal gusto que ya ni siquiera los ciclos de ficción se salvan. Lenguaje vulgar, escenas perversas, historias oscuras e inmorales, violencia y hasta chistes de mal gusto son una constante en la pantalla.

De esta manera, el rol de la televisión como una aliada de la educación, de la cultura y de la libertad, se desdibuja. Es cierto que siempre cabe la libertad de apagar el televisor o de cambiar el canal. Pero también es cierto que aquello que se ve de noche y genera más de 25 puntos de rating se repite, casi como una letanía, en cada uno de los ciclos de la mañana y de la tarde que, se suponen, gozan de protección al menor.

Así las cosas, mantener en tan bajo nivel la TV abierta no sólo es un crimen contra la educación informal de toda la sociedad argentina, sino especialmente una grosera discriminación social hacia sus clases más bajas que no pueden acceder al mejor servicio o a otros estímulos culturales como el cine, o el teatro.

Por eso, los que manejan los canales deben decidir si la TV seguirá hundiéndose en el fango de la mediocridad hasta convertirse en un medio marginal y desprestigiado, o si retomará aquella senda luminosa que la caracterizó en sus años iniciales. El público no es ajeno a esta disyuntiva y debe tomar conciencia de que su poder radica en lo que ve, pero también en lo que elige no ver.